domingo, 14 de diciembre de 2014
Djena
En la central telefónica de Millward-Brown en Ealing trabajaba una negra de unos veinte años, negra como el carbón, con esos dientes blancos y esas escleróticas todavía más blancas de los negros cuando ríen; se llamaba Djena o algo parecido; era muy difícil que los ojos de uno no cayeran en la tentación de darse un festín en sus curvas y, mientras hacía mis encuestas a los consumidores francófonos, la miraba cada día con más descaro y ganas de decirle algo. Algo guarro, evidentemente.
El tipo que estaba al mando de la sala era un gabacho gordo y peludo, de la clase de los que escuchan Metallica y tienen una batería en el sótano de su casa y, con total impunidad y perseverancia, sentaba su trasero gabacho, gordo y peludo en la mesa de Djena y le daba instrucciones en un grotesco e inventado lenguaje de signos y le miraba las tetas descaradamente, mientras Djena encuestaba a sus consumidores sin para de sonreír y sin darle ninguna importancia a los ojos estrábicos del gordo; los otros nos mirábamos y nos indignábamos mediante gestos faciales de desaprobación y asco; aunque había algunos que le reían la osadía como si se tratara de una conquista, claro, pajilleros de tercera división que le hubieran chupado los pelos del sobaco por dos libras la hora.
El caso es que en los descansos el gabacho tenía que quedarse en la sala para hacer sus deberes de jefecillo y abroncar a los rezagados, y el resto teníamos permitido salir a la calle a fumar o a beber o a tirarle los tejos a Djena.
No es que Djena fuera la mujer más despampanante de Inglaterra, pero era la única mujer que trabajaba en la sala francófona de encuestas de Millward-Brown en Ealing; el resto era una mezcla de estudiantes francófonos con los niveles de testosterona disparados, inmigrantes italianos con los niveles de testosterona disparados, chusma global con los niveles de testosterona disparados, y yo.
En la residencia del embajador II
Iba de paquete en la Vespa de mi novia, bajo la lluvia de King's Road, mentón elevado, porte tieso, mirada oblicua, a pocas hora de cumplir oficialmente los 28 años y aparcar definitivamente mis aspiraciones de genio; si no era un genio, ¿qué había venido a hacer a esta vida? ¿quién me enviaba y con qué finalidad? Mi obra inédita quedaría en un cajón mientras siguiera vivo, y ningún editor descubriría la exquisitez de mi prosa póstumamente, para publicar mis obras completas y acabar litigando con mis parientes por los derechos de autor.
Yo era un genio, o un elegido de los dioses, un gurú, pero nadie lo sabía y la moto de mi novia avanzaba entre los coches en una tarde lluviosa por King's Road, camino de la residencia del embajador mexicano en Belgravia Square, cuando la puerta derecha de uno de los vehículos que circulaba por delante nuestro se abrió y, antes de que mi novia de entonces, la que sufragaba mis delirios, pudiera reaccionar mejor de lo que lo hizo, la moto impactó frontalmente con la puerta abierta del coche que se detuvo sin avisar, y se hizo el silencio y el tiempo se detuvo: de pronto, con una lógica aplastante, mientras nuestros cuerpos se elevaban expulsados por la inercia, como dos sacos de patatas, por encima de la moto, el mundo desapareció y vi la película de mi vida, la que te pasan cuando mueres, la vi toda, desde los créditos del principio hasta la palabra FIN, una comedia de enredos sin la menor gracia, al tiempo que mi último destello de conciencia, mi cuerpo volando, me decía con satisfacción que era un genio, de última hora y sin sobredosis de barbitúricos, pero muerto a los 27, como los otros: a partir de ahora no debía preocuparme por nada, los editores encontrarían mi obra en diversos cuadernos y cajones, y podrían litigar a sus anchas con mi familia, y mi nombre aparecería en letras de molde mientras el pelotón de ejecución soñaba con una noche loca de J&B y prostitutas de sesenta euros.
Pero no.
Tras un breve vuelo que acabó en aterrizaje forzoso sobre el capó de un Vauxhall negro y luego el asfalto mojado de King's Road, pude oir el claxon de varios coches que esquivaban a los dos accidentados, y sentir los focos de otros vehículos que seguían la marcha sin más preocupación que llegar a casa a tiempo para ver el Telediario. El tipo que había provocado el desaguisado nos miraba desde el interior de su coche, sin expresión que denotara culpa sino asco: dos moscas en el parabrisas.
- Hijo de puta -le dije desde el suelo, más por darme cuenta de que seguía vivo y de que era un gilipollas en lugar de un genio, que por haber intentado matarme.
Me guiñó el ojo con media sonrisa. Tenía los ojos achinados y llevaba una larga perilla. Lo sabía todo y no pudo evitar una mueca de buen humor. Ese cabrón lo sabía todo. Lo había provocado adrede. Cerró la puerta y siguió el tráfico, silbando y cantando.
Emplumado, desacreditado, humillado y sabiendo que no era más que el Santo Patrón de la Mediocridad. Así cumplí 28.
viernes, 5 de diciembre de 2014
En la residencia del embajador.
Sucedió el día en que cumplía 28 años. Si se mira desde la perspectiva opuesta, era mi último día en los 27, la maldita y genial edad en la que Janis Joplin, Jimmy Hendrix y el cantante de Nirvana murieron. Yo debía ser uno de ellos, tenía ideas geniales y le daba a la botella con mis peores intenciones; todo me la sudaba y el dinero era casi mi peor enemigo: cuando tenía lo malgastaba y cuando no tenía malgastaba el de los demás.
Había estado viviendo un año entero con la certeza de ser un genio moderno, con mucho por decir, con mucha obra inédita en el cajón, y menospreciando todo lo que no estuviera a la altura. Gastaba el dinero de mi novia porque ella no estaba a la altura y no merecía otra cosa, pero su dinero y su eficacia en el trabajo me servían para seguir despreciando a los demás y sus miserables vidas. Todo era desprecio y yo era un genio. Y empezaba a temerlo.
Iba de paquete en la moto de mi novia una noche lluviosa del mes de Septiembre: todo eran luces reflejadas en gotas sobre la chapa de los coches, ruido y miradas de odio. Nunca lo entenderé. Animales al mando de la tecnología extraterrestre más puntera. Yo era el paquete y mi novia dirigía el cotarro: el embajador nos había invitado -a ELLA y un acompañante-, y yo iba de punta en blanco, mirando el mundo desde la cima sin haber escalado ni hasta el Campo Base, con la barbilla apuntando al cielo y dejando una odiosa estela de Hermes Terre tras de mi.
Londres y todo lo que recuerdo de Londres: vanidad y avaricia, y yo por encima de todo, mi novia pagando y conduciendo una moto que me llevaba a todas partes. Una moto y mi novia pagando, lluvia y gotas que reflejaban la luz del Universo conocido: 27 años de impertinencia y mala educación, perfumados con Hermes Terre; si no era un genio, tenía que ser un gilipollas: debía morir esa misma noche, antes de cumplir los 28. Lo tenía tan claro que mi tranquilidad era la del reo fumador que reta a sus ejecutores con una sonrisa: mañana seguiréis despertando al lado de vuestras adiposas esposas pero mi nombre estará grabado con letras de molde doradas en los libros de Historia. Jodeos, cabrones.
Moriría esa misma noche.
En Londres...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


