domingo, 14 de diciembre de 2014
En la residencia del embajador II
Iba de paquete en la Vespa de mi novia, bajo la lluvia de King's Road, mentón elevado, porte tieso, mirada oblicua, a pocas hora de cumplir oficialmente los 28 años y aparcar definitivamente mis aspiraciones de genio; si no era un genio, ¿qué había venido a hacer a esta vida? ¿quién me enviaba y con qué finalidad? Mi obra inédita quedaría en un cajón mientras siguiera vivo, y ningún editor descubriría la exquisitez de mi prosa póstumamente, para publicar mis obras completas y acabar litigando con mis parientes por los derechos de autor.
Yo era un genio, o un elegido de los dioses, un gurú, pero nadie lo sabía y la moto de mi novia avanzaba entre los coches en una tarde lluviosa por King's Road, camino de la residencia del embajador mexicano en Belgravia Square, cuando la puerta derecha de uno de los vehículos que circulaba por delante nuestro se abrió y, antes de que mi novia de entonces, la que sufragaba mis delirios, pudiera reaccionar mejor de lo que lo hizo, la moto impactó frontalmente con la puerta abierta del coche que se detuvo sin avisar, y se hizo el silencio y el tiempo se detuvo: de pronto, con una lógica aplastante, mientras nuestros cuerpos se elevaban expulsados por la inercia, como dos sacos de patatas, por encima de la moto, el mundo desapareció y vi la película de mi vida, la que te pasan cuando mueres, la vi toda, desde los créditos del principio hasta la palabra FIN, una comedia de enredos sin la menor gracia, al tiempo que mi último destello de conciencia, mi cuerpo volando, me decía con satisfacción que era un genio, de última hora y sin sobredosis de barbitúricos, pero muerto a los 27, como los otros: a partir de ahora no debía preocuparme por nada, los editores encontrarían mi obra en diversos cuadernos y cajones, y podrían litigar a sus anchas con mi familia, y mi nombre aparecería en letras de molde mientras el pelotón de ejecución soñaba con una noche loca de J&B y prostitutas de sesenta euros.
Pero no.
Tras un breve vuelo que acabó en aterrizaje forzoso sobre el capó de un Vauxhall negro y luego el asfalto mojado de King's Road, pude oir el claxon de varios coches que esquivaban a los dos accidentados, y sentir los focos de otros vehículos que seguían la marcha sin más preocupación que llegar a casa a tiempo para ver el Telediario. El tipo que había provocado el desaguisado nos miraba desde el interior de su coche, sin expresión que denotara culpa sino asco: dos moscas en el parabrisas.
- Hijo de puta -le dije desde el suelo, más por darme cuenta de que seguía vivo y de que era un gilipollas en lugar de un genio, que por haber intentado matarme.
Me guiñó el ojo con media sonrisa. Tenía los ojos achinados y llevaba una larga perilla. Lo sabía todo y no pudo evitar una mueca de buen humor. Ese cabrón lo sabía todo. Lo había provocado adrede. Cerró la puerta y siguió el tráfico, silbando y cantando.
Emplumado, desacreditado, humillado y sabiendo que no era más que el Santo Patrón de la Mediocridad. Así cumplí 28.
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