Sucedió el día en que cumplía 28 años. Si se mira desde la perspectiva opuesta, era mi último día en los 27, la maldita y genial edad en la que Janis Joplin, Jimmy Hendrix y el cantante de Nirvana murieron. Yo debía ser uno de ellos, tenía ideas geniales y le daba a la botella con mis peores intenciones; todo me la sudaba y el dinero era casi mi peor enemigo: cuando tenía lo malgastaba y cuando no tenía malgastaba el de los demás.
Había estado viviendo un año entero con la certeza de ser un genio moderno, con mucho por decir, con mucha obra inédita en el cajón, y menospreciando todo lo que no estuviera a la altura. Gastaba el dinero de mi novia porque ella no estaba a la altura y no merecía otra cosa, pero su dinero y su eficacia en el trabajo me servían para seguir despreciando a los demás y sus miserables vidas. Todo era desprecio y yo era un genio. Y empezaba a temerlo.
Iba de paquete en la moto de mi novia una noche lluviosa del mes de Septiembre: todo eran luces reflejadas en gotas sobre la chapa de los coches, ruido y miradas de odio. Nunca lo entenderé. Animales al mando de la tecnología extraterrestre más puntera. Yo era el paquete y mi novia dirigía el cotarro: el embajador nos había invitado -a ELLA y un acompañante-, y yo iba de punta en blanco, mirando el mundo desde la cima sin haber escalado ni hasta el Campo Base, con la barbilla apuntando al cielo y dejando una odiosa estela de Hermes Terre tras de mi.
Londres y todo lo que recuerdo de Londres: vanidad y avaricia, y yo por encima de todo, mi novia pagando y conduciendo una moto que me llevaba a todas partes. Una moto y mi novia pagando, lluvia y gotas que reflejaban la luz del Universo conocido: 27 años de impertinencia y mala educación, perfumados con Hermes Terre; si no era un genio, tenía que ser un gilipollas: debía morir esa misma noche, antes de cumplir los 28. Lo tenía tan claro que mi tranquilidad era la del reo fumador que reta a sus ejecutores con una sonrisa: mañana seguiréis despertando al lado de vuestras adiposas esposas pero mi nombre estará grabado con letras de molde doradas en los libros de Historia. Jodeos, cabrones.
Moriría esa misma noche.
En Londres...

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